14 nov. 2009

Papeles barridos I

22:30
Atravieso el portón de acceso al cuartel.

Mala suerte, el encargado de hoy es el idiota. Según he oído, no hace mucho que es encargado y supongo que todavía no sabe que portarse como un capullo prepotente no le garantiza el respeto de sus subordinados.

No me va a amargar la noche.
Quizá el partido lo haga. Hoy la selección se juega algo importante, parece.
Esta tarde intenté encontrar un bar donde poder tomarme algo con mi novia, pero en todos había una pantalla verde y ruidosa, y mucha gente mirándola sin perder detalle.

Odio el fútbol en la tele, es un hecho. Odio la intoxicación de fútbol que hay en los medios. Odio que la mitad de cualquier informativo se dedique al fútbol. Como si no hubiera cosas más importantes. Aún más, como si el fútbol fuera importante en absoluto… y sin embargo ese partido tan importante arrastra una cantidad también importante de gente, que con su importante falta de civismo genera, entre otras cosas, una importante cantidad de basura a su paso por las calles.
Basura que recogeré yo.

La plaza que mis compañeros ya conocen por el nombre que yo le he puesto, La Plaza de las Pipas, estará llena de cáscaras, de bolsas de golosinas, y aún peor, de restos de esas golosinas, pegados al suelo, insertados en rincones imposibles. Llena de corchos que los propios camareros de la sidrería de la esquina tiran al suelo sin miramientos.

Lo único bueno que tiene empezar el trabajo tan encabronado es que voy a buen ritmo y después puedo aminorar y comienzo a relajarme.

Cuando salgo del cuartel con mi carrito y todos los instrumentos necesarios, el partido ha terminado. Ha ganado la selección española, así que ahora además la gente saldrá a celebrarlo. ¡Mierda!

Hay alguien que tampoco está celebrando la victoria patria. A mi lado pasa una figura sollozante que solo veo de espaldas cuando me rebasa. Seguramente lleva algo pesado en brazos, aunque sus suspiros son un poco exagerados para ser causados por el peso del fardo. Por debajo de su brazo izquierdo puedo ver asomar la esquina de alguna tela de cuadros.

A eso de las 3 mi cuerpo empieza a dar señales de cansancio, no tanto por el trabajo en sí, como por el desgaste de llevar tantas horas siendo propulsado por la rabia.
El cuerpo arrastra a la mente, que, como si solo estuviera obligada a cumplir los servicios mínimos, pasa de la hiperactividad a la absoluta concentración en las tareas mecánicas.

Lleno y vacío los cubos de mi carro una y otra vez. Maldigo y sudo.

Esta noche los ecuatorianos que se reúnen en la cancha de fútbol del campus también han estado de alguna manera pendientes del partido. Hay muchas más latas vacías que de costumbre, y también más bolsas de aperitivos con nombres pintorescos.

Algunos negocios de este barrio parecen hacer funciones de local social, porque si no, no se explica que pueda haber siempre tantos restos de comida rápida delante de una peluquería afro.
Sigo avanzando calles, llenando y vaciando cubos. Maldigo y sudo.

El local de aquella esquina nunca hace ruido, ni tiene luz, ni nombre en el exterior, pero de vez en cuando se ve a alguien entrando nervioso o saliendo sudoroso por lo que parece una puerta accesoria.

Sudo y maldigo; a buen volumen, y solo mis palabras y el paso de unos pocos coches rompen el silencio. Hay otro sonido que intenta llamar mi atención, aunque no lo consigue a nivel consciente. El oído percibe y la mente procesa, pero en segundo plano.

Solo veo escoba y basura. Solo oigo el ruido de los coches, el de la escoba arrastrando la basura, el de los santos bajando del cielo por la acción de mis palabras y el llanto de un bebé.
¡Ostia!
Me incorporo y echo un vistazo alrededor. Todo es silencio. Un coche. Silencio otra vez.

Recorro todas las ventanas de todos los pisos de los edificios que tengo a la vista. Todo está cerrado, las luces apagadas, y yo, inmóvil y algo agitado otra vez, como si no quisiera aceptar la idea que empieza a nacer, meneo la cabeza.

El llanto vuelve a sonar, más claro ahora y con un eco corto e inmediato, como el sonido de un portal. Pensándolo mejor, no es llanto, sino algún otro tipo de mensaje que no se interpretar.
Desde mi posición puedo ver sin ser visto cómo el todoterreno del encargado pasa por la zona vecina, la que suele visitar antes que la mía. Sigo barriendo, atento a cualquier sonido.

Tal como esperaba, llega donde yo estoy y detiene el coche. Me saluda con un movimiento de cabeza que correspondo, pero ni siquiera me está mirando. Está mirando si lo que dejo atrás queda limpio, y aunque lo esté, al volver al cuartel me llamará la atención por algo. Seguro. Me dice que deje esta calle como está y que vaya a otra que suelo reservar para el final. Sabe como me organizo y ha calculado que si no me va a dar tiempo a limpiar bien todas las calles, aquella es prioritaria. Es curioso, porque esa calle apenas suele estar sucia, pero él sabrá por qué lo dice.

Esta noche hay mucho que limpiar.

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