12-ago-2008

Una fuga

¡Plic!¡Plic!

Incesante, cansino, agónico.
Atruena mis oidos mientras mi olfato se vuelve a embotar al contacto con el hedor de la galería, hedor que apenas había olvidado al salir al patio, donde a veces percibo una ráfaga extraviada de aire fresco.

¡Plic!¡Plic!

Continúa la gotera. ¡Qué asco de cañerías!…
Mi compañero ronca ahogadamente contra el pútrido amasijo de trapos que usa como almohada desde que cambió la suya por una aguja, completamente ajeno al repiqueteo del agua que se estrella incansable contra la agrietada taza, por la que nuestra mierda, más libre que nosotros mismos, sale al exterior.

Trato de contar los impactos de las gotas en un intento por conciliar otro sueño que no me devolverá a mi realidad más aliviado, sino atormentado por confusas pesadillas que como las gotas, se repiten noche tras noche.

¡Plic!¡Plic!

Estúpido de mí. Siento como un peso asfixiante la sensación de estupidez al recordar lo que me trajo aquí. Como latigazos, mi memoria me devuelve las sensaciones que rodearon aquellos hechos irreversibles: el confuso momento en que acepté transportar ese paquete. El miedo que sentí aquel día por primera vez, como si fuera consciente de que iba a ser ese día, y no otro, cuando se acabasen mis transportes. La ansiedad y el sudor frío cuando buscaba precipitadamente el arma con mi mano torpe y temblorosa para retrasar a balazos lo que sabía inevitable. El horrible vacío en mi ser cuando el primero de los perseguidores que abatí cayó ensangrentado al suelo de aquel aparcamiento.

¡Plic!¡Plic!
¡Estúpido!

¡Plic!¡Plic!
¿Por qué?

¡Plic!¡Plic!
¿Por qué no lo dejé cuando sabía que estaba a tiempo?

¡Plic!¡Plic!

Vuelvo a pensar en el aire del patio, donde suelo caminar por entre montones de basura, pateando lo que encuentro con cuidado de no mancharme o cortarme. Basura animada e inanimada, humana y menos humana, consciente y menos consciente. Basura extrañamente parecida a mí, en la manera en que me percibo ahora, como un ser que una vez tuvo una dignidad humana que ve disiparse día a día en los rincones de este recinto, junto con la dignidad de otros, evaporándose igualmente como un caldo con miles de ingredientes que mancha el suelo y el sol va secando.

¡Plic!¡Plic!

Anhelo un grito desesperado de algún abstinente que rompa la infernal cadencia, un insulto, una riña o los lloriqueos de algún nuevo que piensa que el llanto disuelve los barrotes.

¡Plic!¡Plic!

Seguirá toda la noche, como las anteriores y como las que me quedan, como base de una dolorosa sinfonía cuyas otras voces me resultan casi igual de hirientes.

¡Plic!¡Plic!

Me castiga y marca en fracciones desconocidas el paso de un tiempo que no termina.



(Dedicado a la gente que participó en el CTSMRA 2008)

03-may-2008

La rica taza

Herminia quedó viuda de Jose Luis “el mejillón”, hace treinta años. Una tormenta se los llevó a el y a su tripulación cuando faenaban en aguas costeras. “El Pescaito” se hundió sin dejar siquiera un trozo de madera a flote o una mancha de aceite de su motor.

La pensión de viudedad del estado y el fondo de pensiones que habían contratado cuando él vivía servían ya de mucho, pero además, la viuda contaba con una indemnización de siete millones que el patronato de pescadores de la región tenía prevista para estos casos, lo que la convertía en una apetecible viuda.

Tuvo varios amantes mientras su cuerpo los aguantó, rudos marineros la mayoría, sudorosos y con olor a pescado, pero ninguno llegó a oler nada de ese dinero, que ella supuestamente guardaba para cuando no se pudiera valer por si misma.

Los años pasaron y Herminia seguía viviendo con lo más necesario, sin ningún tipo de ostentación, casi se podría decir que miserablemente a veces. Llego un punto en que Herminia dejó de salir de su finca, donde tenía casa, agua, carne, frutas, verduras y todo lo que necesitaba para vivir. La última vez que se le vió fuera de su finca fue el dia en que fue al banco a pedir todo su dinero. En el banco le dijeron que era una locura guardar casi trece millones de pesetas en casa, pero ella no atendía a razones, así que una semana más tarde, y con la máxima discreción posible, tal y como ella había pedido, un furgon blindado se detuvo delante de su puerta trasera y un hombre de uniforme marrón le entregó tres sacos también marrones donde iban todos sus ahorros.

La pobre vieja, probablemente a causa de su senilidad, metió los billetes todos sueltos en el único sitio donde nadie miraría para buscarlos: el retrete. Un retrete que ella misma había dejado sin agua corriente, había desinfectado y al que había puesto un tapón de cemento en el fondo. Guardó su tesoro y siguió su vida normal. El dinero no fue tocado para nada en años, y ella tampoco salió a la calle durante ese tiempo, de modo que llegó el momento en que se dejó de hablar de ella. No pagaba agua porque tenía pozo propio, no pagaba impuestos porque no salía a la calle, y no pagaba luz porque no tenía aparatos eléctricos en casa, y se alumbraba con velas.

Una noche se despertó creyendo oir un ruido y se levántó de la cama para comprobar si el dinero seguía en su sitio. Levantó la tapa del rico retrete y observó con satisfacción que todo estaba en orden, pero al bajarla tropezó con la vela que le daba luz y la tiró en la taza. Herminia, tan rápido como sus reflejos de octogenaria se lo permitían, recogió la vela y la tiró lejos de sus preciados billetes, con tán mala suerte que algunos de los billetes que ya estaban inflamados le prendieron fuego en su camisón. Desesperada, se llevó las manos a la cabeza, intentó salvar billetes, apagarlos con agua o con una toalla, pero todo aquello que tocaba ardía también.

Herminia fué encontrada calcinada entre los restos de su casa, que ardió hasta los cimientos; fue encontrada aferrandose a una taza de water, a un miserable retrete lleno de cenizas de papel.

(Texto de la colección "El Goto Agrio" creado para el programa de radio homónimo, emitido durante los años 90 en RadioQK - Oviedo.
Este texto en concreto es parte de un ciclo dedicado a los 7 pecados capitales. Adivina de cual se trata)

02-may-2008

Semillas

Las últimas sacudidas estremecieron mi cuerpo de placer y llegó el orgasmo.

Mi semen fue a parar casi todo a la camiseta de la compañera que tenía delante y de repente pensé que se me había caido el pelo, que me iban a echar del instituto por esto.

Pensé que nunca iba a poder mirar a la cara a aquella chica sobre cuya ropa me había derramado, pero nadie se dio cuenta de mi violenta eyaculación; ni tan siquiera Marta, que la había recibido toda en la espalda sin darse cuenta.

Su único gesto fue un ligero movimiento de hombros para despegarse la mojada camiseta, como si pensase que era su propio sudor corporal, que al igual que el semen, era demasiado para ser absorbido por aquella camiseta casi transparente.

Seguí mirando nervioso el perfil de la enorme mancha de semen, esperando a que fuera secada por el aplastante sol de verano que entraba por las ventanas, y temiendo que ella se llevara la mano a la espalda por cualquier motivo y descubriera el pastel con toda su crema. El cerco se fue cerrando gracias al sol, como gracias al sol acabó por confundirse con una mancha de sudor algo acartonada.

Poco después de darme yo cuenta de esto, el timbre me sorprendió mirándola de nuevo con ojos de deseo.

(Texto de la colección "El Goto Agrio" creado para el programa de radio homónimo, emitido durante los años 90 en RadioQK - Oviedo)

25-abr-2008

...Me negarás tres veces

Un tipo divertido, el primero en beber aunque no tuviéramos edad legal para ello, en fumar tabaco y otras cosas, el alma de la fiesta… Siempre conseguía hacerse un hueco en cualquier reunión, hacerse notar. Una de esas personas que iluminan una habitación cuando entran.
Así era cuando fuimos amigos.

Suyos eran casi siempre los comentarios más epatantes y a menudo también los más graciosos. Todo un animal social, dispuesto siempre a la diversión y el esparcimiento.

Varios profesores del instituto lo trataban por su nombre con familiaridad y confianza, sin temor a que por esto, Borja se les fuera a subir a las barbas. No era el héroe del equipo de ningún deporte, no era el mejor bailarín, ni el más guapo, ni el más cachas, pero sabía ser encantador y estar en medio de todo, y su opinión siempre era tenida en cuenta. Se veía a si mismo, aunque adolescente, como un hombre de mundo, y del mundo.

Para cuando él terminó sus estudios de protocolo en no se qué universidad británica, yo ni siquiera había terminado el bachillerato. Seguíamos en contacto, aunque ya no salíamos de fiesta los fines de semana desde que él se había marchado a estudiar.
Supongo que como yo no evolucioné mucho y me dediqué a hacer voluntariados, militar en esto y en aquello, y manifestarme por todo lo que me importaba y también por lo que no, era inevitable que nos separásemos. Sus nuevos amigos eran mucho más guays que yo, con su ropita planchada, su individualismo uniformado, y sus gustos por las mujeres más elaboradas, por decirlo así. Mis nuevos amigos también eran mucho más guays que él, con sus chapas con mensaje, su ropita arrugada como por descuido, su individualismo uniformado y sus gustos por las chicas más enrolladas.

Cinismo y pose, envidia cochina, ha habido siempre, hay y siempre habrá. A quiere ser B, y B quiere también de otra manera ser A, mientras que C los envidia a los dos, y aquellos envidian a C por otra cosa que él ignora que tiene, y así hasta el fin del abecedario o del tiempo, lo que más tarde llegue.
Se puede ver como dos personas se separan por sus prioridades, por sus principios, pasa cada día, a todo el mundo. Por prejuicios y por muchas otras cosas.
La gente de alrededor lo ve, son testigos de ese dolor silencioso que causa la tijera cuando corta el hilo que una vez fué maroma.
Arrojamos de nuestras vidas aquello que pensamos que no nos conviene o simplemente nos estorba. Borja y yo nos arrojamos mutuamente de nuestras vidas. Ni a él le apetecía escuchar mis elucubraciones, ni a mí ser invitado solamente a la más exterior de las capas de su pensamiento. Hablar de trabajo, de política, de salud, o de cualquier otra cosa demasiado densa, estaba prohibido en su libro de protocolo erótico-festivo nocturno, y a mí el futbol y las letras de los odiados Modestia Aparte siempre me la han traido bastante floja.

Perdí su pista, y supongo que él la mía, y creo que a ninguno de los dos nos importó mucho, por lo menos en la superficie, tán convencidos estábamos de que era el otro el que había cambiado a peor.

Antes de cambiar por tercera vez el primer dígito de mi cuenta vital sentí la necesidad de hacer algo productivo y con futuro que además de llenar mi corazón y el de otros, me llenara el estómago. Carrera, MIR, masters varios…

Mi especialidad en parasitología y mi culo inquieto me llevaron inevitablemente a trabajar en paises tropicales, y al fin en Tailandia, donde nunca faltan casos de malaria para tratar y estudiar. En un país con unos servicios sanitarios como los de aquí, tienes suerte de poder ejercer siendo extranjero, así que pretender dedicarse solo a la propia especialidad es pura ilusión. Atiendo a todo tipo de pacientes con todo tipo de dolencias, desde dolores de estómago hasta picaduras de serpiente, y muchos, muchos, muchos casos de SIDA, de tailandeses o de turistas como Borja.

Cuando oí mi nombre bien pronunciado por primera vez en Bangkok me subió desde la punta de los piés una especie de sacudida eléctrica mezcla entre sorpresa e inquietud. Mi hospital no era precisamente el destino preferente para los turistas que ocasionalmente sufren irritaciones en el estómago, colitis, diarrea, infecciones menores, y cualquier otra cosa que también te puede pasar en una fiesta culinaria de tu propio pueblo, así que me inquietaba pensar en qué persona conocida tendría yo por allí, en mi sucio y precario hospital, donde yo soy mi propio servicio de limpieza y nadie sabe lo que es un esterilizador.

Algo parecido a Borja me miraba desde una silla de ruedas detenida en un pasillo perpendicular al que yo cruzo todos los días de camino a mi consulta, y con su misma verborrea encantadora me atrapó durante unos veinte minutos contándome qué había sido de su vida desde la última vez que nos habíamos visto. Voy a tener cola igualmente delante de mi puerta – pensé – por mucho que corra, por mucho que madrugue siempre tengo una cola interminable de personas que nunca parece disminuir.

Al salir me lo llevé a tomar algo. Sin silla de ruedas, todavía no estaba tán mal como para no poder andar. No fué como en los viejos tiempos, qué duda cabe. Aunque casi 20 años erosionan la más dura de las piedras por poco que sea, hay asperezas y relieves de una relación rota que son aún más duras de limar.

Aún así, lo pasamos bien. Él seguía siendo, al menos en un porcentaje elevado, esa persona que tan bien me caía, tán magnético y popular como había sido siempre.

No quise preguntarle como había sido infectado, en parte porque me lo imaginaba, y en parte porque si él quisiera contarlo, ya lo habría hecho. Cada vez que una prostituta se le acercaba para saludarlo con familiaridad, yo hacía mis conjeturas, pensaba: ¿será esta?

Más tarde, esa misma noche, otra profesional, que probablemente no había tenido su primera menstruación, llegó y se le sentó en el regazo. Parecía drogada, y las marcas de sus brazos apoyaban esta idea. Se sentó y sus manos se deslizaron casi mecánicamente por los hombros de Borja hasta encontrarse tras su cuello. Borja me miró entre consternado y abochornado. La niña lo llamó por el nombre familiar y cariñoso de padre que usan aquí, y mientras llevaba una de las manos del cuello a la entrepierna, le dijo: Hace mucho que no vienes a verme papaito ¿ya no me quieres?

Pensé en todas las cosas malas que había echo en mi vida, y me las empecé a echar en cara una detrás de otra para evitar creerme mejor que él, levantarme de mi asiento y dejarlo allí. Me dije mil veces que no debía montar ninguna escena y que no iba a hacer ningún comentario por lo menos hasta haber salido de aquel antro.

Quiero irme – le dije, y esa fué la última frase de la noche entre nosotros. La última frase de todas nuestras noches juntos, en mil bares, con mil cervezas y copas encima, en rol de cazadores o de presas, daba igual. “Quiero irme” quería decir todo lo que yo tenía que decir, así que no hablé más. Él tampoco lo hizo.

No quiso volver a casa. Aquí en Tailandia se infectó, padeció, murió y fué incinerado. Su equipo en la embajada se hizo cargo de todos los gastos, pero por voluntad del fallecido, decía su testamento, sus cenizas quedaban a mi disposición.

Ahora se que no soy mejor que él. Él cometió sus errores, yo los míos. No me atreví a exponerme a sus historias ni a su filosofía que le permitía hacer lo que había hecho. Quien sabe por qué tenía tanto miedo de escucharlo. Lo había alejado de mí por segunda vez en nuestras vidas y murió en la pensión más sordida del barrio más sucio de Bangkok. Aún quedaba alejarlo una vez más, tirando sus cenizas por encima del tejado del burdel donde fué contagiado, pero no lo hice. Me metí en aquel barrio, y en una calle por la que corría algo de aire menos viciado, dejé caer el recipiente y a medida que los suspiros de vaho caliente fueron esparciéndolo, Borja se empezó a mover en el aire.

No se si llegó al burdel otra vez o no.

24-dic-2007

Prueba otra vez

Andrea era en octavo, cuando la conocí, una chiquilla desgarbada, con una cara de ángel y unos hipnóticos ojos claros. No recuerdo cuando fue, pero sí sé que antes de llegar a las vacaciones de navidad, mis sentimientos por ella eran ya los que habrían de ser hasta el presente. Tímido yo, y tímida ella, me pasé aquel curso viéndola de una manera muy sutil ofrecer a un macarrilla todo lo que yo quería, y lo que ni siquiera se me ocurriría pedirle. No hice nada. Ella me veía. Siempre he sido discreto como unos fuegos artificiales, pero no hice nada. Simplemente lo supo. Para mi desgracia, era una buena persona, y no me rechazó con una burla ni adoptó una actitud tan infantil como es de esperar a esas edades. Peor para mí. Si hubiera sido como las otras, no habría tardado en olvidarla ni una evaluación.

A lo largo de los años siguientes, en el instituto, consciente de lo evidente que era ya, puse palabras a sus intuiciones, en forma de frases titubeantes y entrecortadas o en forma de poesías adolescentes. Siempre fue buena persona. Siempre adorable, capaz de soportar un 14 de febrero de poema y flor, sonreir, dar las gracias, y seguir manteniendo su actitud hacia mí, de profundo respeto. Si había lástima, nunca me la demostró. En ese sentido tuve mucha suerte.
Una vez incluso me invitó a su cumpleaños. No se si me emborraché con el alcohol o con la euforia, pero después de salir de su casa, fui dando tumbos hasta caer de bruces en mi bar habitual. Afortunadamente, casi todo el ridículo del que soy capaz en esas condiciones, lo hice fuera del alcance de sus sentidos.
Durante todo este tiempo no supe nunca de su vida sentimental. Tuvo amigas muy cercanas, y algunos amigos, pero ningún novio. Ese desconocimiento pudo ser ceguera mía, consideración suya, o la simple inexistencia del objeto.

Casi diez años después, la encuentro de frente en el pasillo de la leche de un centro comercial. El primer impulso es dar la vuelta antes de que me vea, y hacerme el loco, mientras escapo lo más rápido posible a lo largo de la línea de cajas hasta el punto más lejano de aquel donde la he visto. Mientras las ideas y los sentimientos se cruzan como fogonazos a través de mi cuerpo, mi cerebro dice que estoy parado, petrificado, pero en realidad, se ha olvidado de dar a las piernas la orden de parada, y he seguido avanzando inexorablemente hacia ella. No estoy preparado para verla, y menos para saber de su vida. En ese punto salgo de una frustrante relación y no estoy en condiciones todavía de alegrarme por la felicidad de nadie. Acuso de recibo. Ahora sé que ella también me ha visto. Sin querer, ni poder evitarlo, voy escudriñando su carrito mientras avanzo, y veo una compra demasiado responsable para una chica que vive sola y sin preocupaciones.
En la parte delantera del carrito, ocultando parte de la mercancía, un paquete ahorro de ese preparado soluble de cacao… que me impide ver los pañales y la papilla hasta que es demasiado tarde como para poder camuflar la expresión de estupor en mi cara.
Me recompongo en un tiempo que a mí me parece breve, y consigo cambiar el gesto y empezar a mover los labios.
-¡Hola! Hacía siglos…
-¡Hola! ¿qué tal? si que es verdad, hacía muchísimo que no nos veíamos.
-Yo bien, haciendo lo de siempre, un poco de nada, ya sabes, ¿y tú?
-Ya me ves, haciendo la compra para la familia
Seguimos hablando de las cuatro cosas de siempre, lo más recurrente en estas ocasiones, pero sin contarnos mucho de la realidad de nuestro pasado reciente, hasta ser interrumpidos por un chiquillo de ojos claros que corre gritando “Mamáaaaaaa” hasta chocar de cabeza contra el muslo derecho de ella. Se que es suyo, es obvio, pero lo hubiera sabido aunque no lo hubiera visto con ella. Tiene esos ojos.
Un niño de cuatro años no aparece gritando solo por el pasillo de la leche después de unos minutos sin la vigilancia de alguien responsable de él. Levanto la vista y veo a aquel macarrilla de octavo, que empuja una silla de bebé, ocupada por una nena que absorbe todo lo que ve con sus ojos grandes y abiertos, como un festín de sensaciones.
Nos miramos. Se que es él, aunque en realidad, a segunda vista, no es aquel macarrilla de octavo, sino otro diferente. No hay nada de amabilidad en su mirada, ni hacia mí ni hacia ella. Su lenguaje corporal al empujar la silla de bebé, es más el de un esclavo hebreo bajo el látigo que el de un padre orgulloso.
-Os voy a presentar: Alberto… Fran… Fran es un amigo del colegio.
-Hola Fran.
-Encantado.
Alberto no quiere a su familia, ni siquiera a sus hijos, y tampoco me quiere a mí cerca de ellos. Tenía una buena vida, saltando de cama en cama, contando sus penas con su pose de chico alienado, desbordado por la existencia misma, rebelde sin causa ni implicación, capaz de hablar de todo desde la esquina del cinismo, con su mirada fría de incapacidad emocional, con esa manera de hacerse el distante y el interesante que camufla el verdadero deseo de meterse en las bragas de cualquier chica con la que le puedas ver hablando. Del tonteo al recreo, ha pasado por varios de los grados de relación con las drogas. Sabe encontrar una razón para buscar jaleo con quien quiera, por la razón que sea. Una mirada basta. Como una mirada mía me basta para saber todo eso de él.
Seguramente ella, con su inclinación por las balas perdidas, lo descubrió en algún momento en el que él era débil y mostraba su humanidad. Después de aquel momento en el que lo compartieron casi todo, ella fue viendo más, pero no quiso dejarse influenciar y se mantuvo en la esperanza de poder sacarle esa humanidad a flor de piel. Ya cambiará.
Con la misma paciencia infinita que demostraba conmigo, le perdonó las pérdidas de papeles, las infidelidades, los vicios, y le perdonó que la separase de sus padres y hermanas, de sus amistades, a quienes nunca quiso escuchar cuando le hablaban de él.
Una mañana, en el cuarto de baño del piso que compartían, el color rosa la volvió blanca de miedo. Esa primera bofetada que le dio la realidad, era el anticipo de otras que no vendrían de la misma fuente. Tuvo mucho miedo. Terror. Estaba lista para hacer las maletas cuando él, al ir a tirar algo a la papelera del baño, descubrió todo.
Por última vez en su vida, reaccionó de la forma en que se espera de una persona de su edad. La cogió de la mano y le juró que iba a cambiar.
Su intención no duró más allá de lo que tardó en verla a ella vomitar por su primera náusea, y empezar a engordar.
La poderosa inercia, que arrastra las vidas de las personas junto con sus inseguridades, los llevó a casarse. Es mejor para el niño, se decían. Y sonó Wagner.
La niña ya solo es un accidente más. Lluvia sobre mojado.
Él sale a las 5 de trabajar, pero nunca llega antes de las 10, oliendo a alcohol, a tabaco, solo o mezclado, y a cuernos. Sus ojos cada vez más vacíos, solo se encienden cuando ella le reprocha algo. O cuando ella encuentra un amigo del colegio en el pasillo de la leche en un centro comercial.
Nos despedimos, deseándonos suerte y felicidad. Realmente lo deseo, casi como quien espera el efecto de un mantra. Se que ella también me lo desea a mí. Ya nos veremos, decimos, pero seguramente será por casualidad, porque no nos hemos intercambiado los números de teléfono. No procede.

Una avalancha de sentimientos se va desplomando pesada y peligrosamente por la ladera de mi pensamiento mientras, ahora si, me alejo todo lo que puedo de Andrea y su familia. Solo espero que no empiece también a llover, al menos no antes de que llegue a mi casa. Hago el camino mientras rumio mis impresiones y mis conclusiones sobre él.
Quiero estar equivocado, y me digo que soy injusto prejuzgándolo, y que mi intuición me ha fallado otras veces y es posible que en este caso esté viendo lo que quiero ver.

Casualmente, no tardo mucho en volverla a ver, un lunes a las nueve de la mañana, esta vez sola, alejándose de la puerta de un colegio mientras empuja el coche de la nena de una manera en que no se sabe quien lleva a quien. A lo lejos me parece notar que ella me ha visto y me esquiva. Parece desmejorada.
No pensé que pudiera adelgazar más sin recordarme a los documentales sobre el holocausto, pero todavía no tiene la expresión de la muerte. No tiene en sus ojos el brillo de una supernova como cuando la conocí en octavo, ni el brillo infantil de la adolescencia, ni el brillo adolescente de la veintena… pero esos ojos no se han apagado del todo aún.
Desocupado y parado para poder permitirme el lujo de estar ese lunes de vuelta a casa, saliendo del último after-hours a las nueve de la mañana, espantosamente sobrio, y con toda la dignidad de que soy capaz, recomponiéndome la ropa, la sigo a gran distancia.
No llego a averiguar el portal siquiera, pero vive en una calle que suele estar en mis rutas de paso hacia varios sitios de la ciudad, así que muchas noches me encuentro pasando por delante de sus ventanas sin ser completamente consciente.

Una noche oigo gritos en el tercer piso de un edificio bastante feo. Se que es ella, pero no tengo ninguna razón explicable para subir y meterme en sus asuntos.
Confuso, sigo escuchando hasta que vuelve la calma.
Con el corazón en un puño vuelvo a casa, mientras pienso en todo tipo de desgracias y parezco complacerme en el masoquismo de esos pensamientos.

Paso muchas noches más por esa calle y me resguardo de miradas en una columna saliente mientras, con los ojos cerrados, centro mi atención en los sonidos, intentando distinguir su voz otra vez entre los ruidos de televisores, gatos y perros, y cubiertos que chocan contra platos y tazas. A veces creo oír algo de jaleo, como si proviniera de una habitación interna de la casa, un niño llorando, o quizá dos, pero no distingo nada con claridad, y la ventana se suele cerrar antes de que pueda profundizar en mi análisis.
Cada vez que paso y me detengo a escuchar me pregunto cual sería el diagnóstico de un psiquiatra, si alguna vez le contase esto a alguno.

Una noche cualquiera, cuando apenas llevo unos segundos apoyado en mi columna, tomando postura, oigo el ruido apagado, pero potente aún, de un disparo.
Como un animal, me precipito hacia ese portal que un día quise abrir. Atravieso la puerta tan rápido, que no me doy cuenta de si la he roto, la he tirado, o si estaba abierta.
No en un puño sino en la boca, el corazón late tan fuertemente que apaga el sonido de mis pasos, y llego al tercer piso antes de tener tiempo de pensar en nada más.
Una puerta abierta. Solo una. Nadie ha salido a la escalera a mirar.
Voy hacia ella. Es ahí, lo se.
Entro en la casa como una bestia, buscando de manera instintiva los focos de luz, donde supongo que encontraré vida humana…
o no.

Ella está boca arriba, con la mirada desesperada, desangrándose en el suelo de la cocina.
A su lado, el niño, también en el suelo y boca abajo, parece ahogarse entre espasmos. La sangre está en las baldosas, en la encimera, en sus pechos y en el gran cuchillo que se ve tirado en una esquina.
Cada vez más alienado, reacciono, aunque no asustado, buscando las piezas que faltan.
Hay alguien con un arma de fuego y puede dispararme.
El otro foco de luz es la habitación matrimonial, donde el padre se retuerce de dolor en el centro de la cama, una pistola humea, y una niña de pié en una cuna llora descarnadamente, agarrada a los barrotes, la cara salpicada de sangre ajena.
Ahora si que me paro.
El padre detiene su baile y se incorpora lo justo para mirarme.
Sigo parado.
Tiene la boca agujereada por ambos lados, más en el lado izquierdo, que supongo que es la herida de salida, y mientras lo observo, pienso y me empiezo a enfriar. Pienso que mañana habrá otro titular en la prensa de los que dicen “Mata a su mujer y a su hijo a puñaladas y luego intenta suicidarse”
Intenta.
-¡¡¡INTENTA!!! – grito.
Ahora me enfrío del todo.
Alberto me mira, medio mareado ya de dolor y por la sangre perdida, pero no se mueve.
Voy a la cocina y cojo los guantes de fregar, y vuelvo a la habitación poniéndomelos.
Cojo la pistola, la pongo en su mano derecha, y se la llevo a la boca abierta. Está mareado, y no se da cuenta de lo que está pasando hasta que en un último instante de consciencia, abre los ojos como platos.
- Prueba otra vez – le digo. Y disparo.
Estoy montado a horcajadas sobre él, que yace boca arriba en su cama de matrimonio.
Sus ojos siguen abiertos, pero ahora muestran pequeños derrames a causa de la contusión provocada por la presión que ejerce el disparo al atravesar el cráneo.
Aún no me creo lo que acabo de hacer. La presencia de una masa gris y roja por la cama y las paredes me ayuda a tomar conciencia de ello. Esta vez no salpica a la niña, que sigue llorando frenéticamente, porque esta vez el ángulo del disparo era diferente. El correcto.
Vuelvo a la cocina, lavo las manos y cuando los guantes están limpios, me los quito y los dejo donde estaban.
De vuelta a la habitación, cojo a la niña en cuello y la intento calmar, mientras marco el número de la policía.
Cuando llegan, estoy en la cocina intentando figurarme como puedo ayudar a Andrea y a su hijo. A fuerza de parar anteriores golpes, la madre tenía más experiencia que el hijo, que no supo cubrirse tan bien, y murió con esos preciosos ojos abiertos, que buscaban en el infinito, mucho más allá del techo de la cocina, una respuesta.

Pasados todos los trámites legales, no nos volvimos a ver.
Nunca ella, ni nadie de su familia, o cercano a ella, dijo que nos conocíamos. Nuestras caras no salieron en la prensa ni en los telediarios. Solo salió la crónica, con un titular un poco diferente de lo habitual.
Se fue con la niña a vivir a otra ciudad, nunca supe a donde.

Años después nos encontramos otra vez en un supermercado. Esta vez los dos doblábamos una esquina. Tan repentino como inesperado.
Nos quedamos mirándonos sin hablar. Vi una lágrima bajar por su mejilla.
Antes de que nos rompiéramos como un cristal con una pedrada, ella se acercó a mi oído, me dio las gracias por todo, me dio un beso y se marchó caminando con su hija cogida de la mano.
-Mamá ¿Quién era ese señor?
-Un amigo del colegio
-Me suena su cara
-Lo habrás visto en la tele, hija.
-¿Es famoso?
-Es actor, pero no es muy conocido. Hace años hizo un papel de ángel de la guarda, pero no era su película. Espero que algún día alguien le de su papel protagonista.

06-dic-2007

Adiós, pequeño saltamontes.

No todos nacemos en una casa en la que reina la estabilidad, y donde hay un plato que se repite todos los domingos. No todo el mundo conoce paz en su vida familiar, ni la sensación de placidez de levantarse tarde un día de fiesta, después de una noche de sueño tranquilo. Alguna gente ni siquiera puede, por lo vivido, darle a la palabra familia un significado que evoque buenos recuerdos.

Hermes no tuvo bicicleta cuando era un niño y todavía tenía edad de ser un niño. Apenas juguetes, aunque sí tuvo hermanos con quienes jugar. Al menos eran una familia rica en recursos humanos.
Veía a su padre llegar cansado, bañado en lluvia y salpicado de sangre por fuera; empapado de alcohol y anegado de tristeza por dentro, como cualquiera hubiera hecho en su mutilado pellejo. Como primogénito, Hermes se sentía responsable de sus hermanos, de sus padres, de la casa, y por fín, de todo aquello que parecía desbordar a su madre.
Pudo con el colegio, con sus hermanos, sus padres y su casa, todo a cuestas, todo a costa de dejar de ser un niño cuando todavía tenía edad para serlo.

A medida que sus hermanos se fueron haciendo mayores, pudo visitar a sus tías de la capital más a menudo y por temporadas más largas. Pudo estudiar; y pudo haber estudiado más, pero por primera vez libre de todos los pesos que había cargado durante años, quiso tomar unas vacaciones de sus responsabilidades.


A veces el destino se despista y nos da una oportunidad de cambiar el trazado del viaje. En esos momentos, la gente como Hermes, que sabe estar en el lugar adecuado, aprovecha para colarse por la puerta de salida del tren de lo establecido y lo convencional para seguir a pié el peligroso y desconocido camino de lo inesperado.
Activista, trabajador, artista, deportista… persona. Ecce homo.
…Y el hombre encontró a la mujer, por casualidad, como en todas las historias de amor que merece la pena escuchar. Entonces fue niño, aunque ya no tenía edad para serlo.
Un niño feliz, que no necesita juguetes porque tiene una imaginación capaz de construir la felicidad sobre el aire, pero que sin aquellos juega, que ama la vida y se siente orgulloso de lo luchado, y se ve recompensado. Merece la pena vivir para volver a ser un niño.
Está en la naturaleza del ser humano querer conservar lo bueno, y Hermes tenía ahora una vida que quería para siempre.
Ella no quiso llevar un contrato rodeando su dedo.
Hermes ya se había roto y recompuesto muchas veces antes. Esta vez no sería diferente, aunque la cicatriz fuese mayor. Hubo otras ellas, pero no conocieron al niño.


Pocas cosas hay más dolorosas que renunciar a la esperanza, y pocas más agónicas que mantenerla cuando las fuerzas opuestas son tán aplastantes. Sin decidirse entre el dolor o la agonía, siguió Hermes su vida hasta que el destino reclamó al que siendo niño se le había escapado, y el que fue león al nacer, se convirtió en cangrejo para morir.
No tenía edad de niño. No era un niño. Sólo era demasiado joven.


(Libremente inspirado en la vida de una persona querida, dolorosamente ausente, y dedicado a su memoria)

28-nov-2007

El año que vivimos anodinamente

¿Donde estoy? Tengo un dolor de cabeza que me taladra.

No veo nada, aunque creo que tengo los ojos abiertos. Esta no es mi cama. El colchón es más blando, y además no suelo dormir boca arriba. El olor, desde luego, no es el de mi habitación. No huelo mi sudor en la almohada, ni la madera de mis instrumentos, no huelo polvo.
Oigo alguien a mi lado. Un suspiro. De mujer. Buena señal, si no fuera porque tampoco percibo rastros olorosos de sexo.
Por fin empiezo a ver algo. El techo es blanco y está muy alto, y la lámpara es bastante impersonal. La cara que veo es amable y me contempla con una expresión que creo de grato asombro.

Cierro los ojos.
Veamos… repasaré lo que hice ayer: Era nochevieja. ¡Feliz 2007! Buen número, sin rima estúpida para replicar a la tele. Estuve trabajando hasta las 6 de la mañana, y cuando mi jefe me dejase en casa, tenía pensado ver a los colegas que quedasen por ahí y recoger sus restos para ir a tomar la última. Supongo que al final encontré alguna mujer dispuesta a recoger los míos. Lástima que no recuerde nada.

Abro los ojos y la cara sigue allí. Ahora noto un cierto olor a metal esterilizado, y empiezo a bajar la vista de los ojos a la boca de esa mujer para darme cuenta de que está hablando conmigo. Solo puedo decir “hola” y ella comprende que no he oído nada de lo que me ha estado diciendo, aunque no parece molesta. Sigo bajando la mirada y veo su elegante cuello, con una cadena que se acaba perdiendo en la prenda blanca que viste, una bata blanca con el distintivo azul del hospital central de Asturias sobre el pecho izquierdo.

Esos dos colores me refrescan la impresión borrosa de una señal azul mezclándose a toda velocidad con el resplandor blanco de las luces de un coche.

Ayer no bebí. Nunca bebo trabajando. Pero no era yo quien conducía, ni fue ayer, sino hace exactamente un año, como confirma el periódico de hoy.

Año nuevo, vida nueva, más que nunca.